—¿Estás seguro de que no había nada en su computador, Damián? —preguntó Erick mientras avanzaban hacia el auto, su tono firme pero cargado de una tensión que no había desaparecido desde que salieron de la cafetería.
—Sí, señor… lo revisé bien —respondió Damián con seguridad, ajustando la tablet entre sus manos—, además dejé un virus espía, si hace algún movimiento lo sabremos de inmediato.
Miguel asintió levemente.
—Excelente.
El silencio que siguió no fue cómodo, era el tipo de silencio donde