El fin de semana había pasado de maravillas.
Miriam estaba más enamorada que nunca. Miguel había sido todo lo que soñaba… y más.
Mientras ella terminaba de arreglar sus cosas, Miguel pasó por detrás y le dio una nalgada.
—¡Ay!
Miriam se giró indignada.
—No te pongas falda —dijo él con total naturalidad—. Ponte pantalones. Iremos en mi moto.
Miriam lo miró fijamente.
—¿Y para eso necesitabas nalguearme?
Miguel se encogió de hombros.
—No… pero me encanta hacerlo.
Se acercó un paso más.
—Y lo haré