Hugo aún sigue en el restaurante. Su vista no se ha apartado de ese anillo que aún sigue sobre la mesa. No deja de pensar en todo lo que le dijo a Kayla y lo que ella le dijo a él.
La culpa lo carcome. Su ira lo ha cegado al punto de insultar a la mujer que más ha amado. Pero tampoco puede olvidar cómo es que ella se entregó a ese hombre. No puede olvidar cómo es que él la hizo suya, cómo es que gemiría su nombre mientras estaban en esa isla.
Esos pensamientos no lo dejan tranquilo. Pide varias botellas de licor, bebiendo una a una. Hasta que ha perdido la razón.
—Señor —escucha que alguien le habla. Levanta la vista y ve a uno de los trabajadores del restaurante.
—Sí —responde con dificultad.
—Ya es tarde y ya vamos a cerrar. Así que le pido que si puede dejar el lugar. —Hugo solo asiente con la cabeza. Se pone de pie con dificultad, dándose la vuelta para salir de ahí. —Señor, se le olvida esto. —Vuelve a llamarle la atención el hombre. Él se da la vuelta y ve cómo él en