Amapola no bajaba la guardia. hablaba y a la vez lágrimas bajaban por sus mejillas; pero de indignación, era un dolor milenario, encerrado, tapado día por día, cada vez más hondo, y así se acostumbró a vivir.
—¡No, Fred!, ¡No me pidas perdón!... todavía, hasta hace poco, me hacía la misma pregunta, una y otra vez, ¿Porque me llevaste a vivir a ese barrio de malvivientes?
¿Por qué me llevaste a ese barrio tan pobre y marginal? Sabiendo que yo no era una muchacha rica, pero aún así, mis padres