Follarme al padre de mi mejor amiga nunca, jamás formó parte de ninguna fantasía que me hubiera permitido tener.
Había soñado despierto mucho: hombres mayores de unos cuarenta años, del tipo con sal en el cabello y una confianza quieta que me revolvía el estómago.
Pero esos eran desconocidos sin cara en mi cabeza, seguros y distantes.
No el profesor Elias Harlan.
No el hombre que había sido «el señor Harlan» desde que yo tenía nueve años, el que solía llevar a Mia y a mí a los entrenamientos de