El viaje de vuelta se sintió eterno.
Todos estaban exhaustos del día: senderos de caminata, identificación de cantos de pájaros, bocetos de ecosistemas en cuadernos.
El sol bajaba, proyectando largas sombras a través de los árboles mientras la furgoneta avanzaba por el camino de grava de vuelta al campus. La charla se había reducido a murmullos somnolientos y la risa ocasional.
Terminé en el mismo sitio de antes: la fila de atrás, en el regazo del profesor Harlan.
Nadie lo cuestionó esta vez. L