Cerré de un portazo la puerta de mi habitación tan fuerte que el marco tembló, mi mochila golpeando el suelo con un ruido sordo.
Las lágrimas quemaban mis ojos, calientes e imparables, derramándose por mis mejillas mientras me dejaba caer en la cama, rostro enterrado en mis manos.
Qué mierda.
Los había oído abajo, la voz de mamá aguda, cortando a Adrian como un cuchillo, sus murmullos bajos y defensivos intentando suavizarlo.
No me importaba qué. Lo único que podía ver era a él cargándola por l