VAMOS A PROBAR, SENORITA.
Salí tambaleándome del rincón oscuro, piernas todavía temblorosas, vestido pegado a mi piel húmeda de sudor.
Las luces azules del club pulsaban, difuminando los rostros, pero no me importaba. Mi cabeza zumbaba, cuerpo vibrando por el orgasmo que me había dejado vacía, pero no había terminado. Todavía no.
Me abrí paso entre la multitud, caderas rozando a extraños, hasta que llegué al mostrador delantero, donde una recepcionista con aspecto aburrido masticaba chicle y revisaba su teléfono.
—Habit