~Ava
A la mañana siguiente la casa olía a café y a nuevos comienzos.
Me desperté envuelta en los brazos de Adrian; su pecho cálido contra mi espalda; la palma descansando de forma protectora sobre mi estómago.
Por una vez no sentí el impulso de huir o de arruinar nada. Solo me quedé allí, escuchándolo respirar, sintiendo el latido constante de su corazón bajo mi mano.
Se removió cuando me moví; presionó un beso perezoso en mi hombro.
—Buenos días, esposa —murmuró, la voz ronca de sueño.
—Todaví