~Ava
La habitación estaba tan silenciosa que podía oír los latidos de su corazón, rápidos y acelerados como los de un conejo, bajo la fina tela de algodón de su camiseta.
No se movió.
No habló.
No dijo “para”.
Lo tomé como permiso.
Me acerqué más, lenta como una respiración, hasta que nuestras rodillas se tocaron. Luego tomé su rostro con ambas manos, suavemente, con reverencia, de la forma en que nadie me había tocado nunca cuando lo necesité, y rocé mis labios contra los suyos.
Una vez. A