Lara
Un calorcito agradable me acaricia el rostro y no puedo evitar sonreír por lo bien que se siente.
—¡Qué dormilona! Te dije que te levantaras temprano.
Ese reclamo se escucha lejano, como un susurro que decido ignorar para seguir durmiendo.
—¡Levántate! —exclama alguien, y el impacto de aquella voz me sobresalta, así que abro los ojos de golpe y me incorporo en la cama, asustada y un poco desorientada.
Tan cómoda que estoy...
—¿Por qué gritas? —me quejo mientras me froto los ojos.
El rey fa