Valentina cerró la puerta con lentitud, sintiendo el eco de sus propios pasos sobre la madera. La noche había caído como un manto denso, envolviendo el apartamento en una penumbra tibia, rota solo por las luces bajas del pasillo y el latido inquieto de su pecho.
Sebastián dejó su chaqueta en el espaldar del sofá, como si ese simple gesto confirmara que no tenía intención de irse. La observó en silencio, como un depredador paciente que sabe que el tiempo está a su favor.
—¿Quieres algo de tomar?