El sol de Milán se desvanecía entre los rascacielos cuando Máximo Moretti golpeaba con fuerza la mesa de la sala de reuniones de la sede central de la empresa familiar. Sobre la superficie pulida de roble negro yacían los patrones modificados, cada línea alterada parecía un insulto personal a la herencia de los Moretti.
“Nadie entra aquí sin pasar por diez controles de seguridad”, dijo entre dientes, sus ojos oscuros ardiendo con furia contenida. “Y aún así, alguien tuvo el valor de seguir amed