Ayse llegó al apartamento, pálida y sin aliento, Zeynep ya estaba en la puerta, sosteniéndose el vientre y respirando entrecortadamente.
—Vamos, no hay tiempo que perder —dijo Ayse, pasando un brazo alrededor de su amiga para ayudarla a caminar hacia el taxi que esperaba en la acera— Al hospital, ¡Rápido! —indicó al conductor, en su voz se notaba la urgencia.
El trayecto fue una pesadilla de tráfico y frenazos, con cada movimiento brusco arrancando un quejido de los labios de Zeynep. Ayse la so