Habían pasado poco más de dos años desde que las reformas de Kerem habían comenzado a transformar Diyat. Una tarde soleada, Kerem y Zeynep paseaban tomados del brazo por los huertos comunitarios con su hijo Noah, correteando a su alrededor.
— ¡Mira mamá! —exclamó el pequeño señalando el follaje— ¡Las mujeres están cosechando las frutas que tanto nos gusta comer!
— Así es, mi niño —respondió Zeynep sonriéndole enternecida— gracias a la libertad que ahora tienen, ellas pueden trabajar y proveer