Los pasos de Elyn se sentían pesados mientras entraba en el parque de la ciudad, bastante tranquilo a esas horas del mediodía.
La suave brisa acariciaba su rostro, aliviando ligeramente el dolor de cabeza que la había acompañado desde la mañana. Desde lejos ya podía distinguir la figura de Diego, que permanecía inquieto junto a un banco bajo la sombra de un frondoso árbol.
Diego no había llegado con las manos vacías.
Sobre el banco de cemento había dos grandes