La sala del juzgado no tenía nada de glamur.
No había luces cálidas ni telas exquisitas.
Solo paredes frías, bancas duras y un silencio que parecía diseñado para incomodar.
Llegué temprano.
No porque quisiera, sino porque no podía quedarme quieta.
Alejandro caminaba a mi lado con paso firme.
No me tocaba, pero su presencia era una línea invisible que me sostenía el equilibrio.
Mi madre llegó minutos después, con un abrigo sencillo y el rostro sereno.
Demasiado sereno para alguien que estaba a p