El viaje a la clínica fue una neblina de pánico y velocidad. Spencer, con una eficiencia fría que agradecí infinitamente, no hizo preguntas. Se vistió rápidamente y llamó a su chofer. En cinco minutos estábamos en la carretera.
—Mantén la calma, Casey. Respirarás mejor si no hiperventilas —dijo, su tono de mando aún presente, pero amortiguado por la preocupación.
Al llegar, la luz de neón del hospital era cruel, exponiendo mi vulnerabilidad. El médico nos recibió en una sala de espera silencios