Sofía y Diego salieron del banco, el soplo frío del aire acondicionado contrastaba con el calor sevillano de afuera. El amable Señor Ramos los saludó con la mano, mientras una sonrisa apenas perceptible seguía dibujada en los labios de Beatriz Lozano, la auditora que acababa de ponerles el corazón en un puño. Habían pasado la prueba, pero a un precio muy alto. Una visita inesperada. Una amenaza latente.
—Lo logramos —dijo Sofía, con la voz hueca.
Diego solo asintió, mirando su reloj de pulsera.