Mundo ficciónIniciar sesiónDiego se acercó con pasos torpes.
—Yo... tengo asuntos. Asuntos del banco. ¿Acaso este banco es de tu abuelo? —No estarás tramitando una hipoteca, ¿verdad? —siseó Sofía, con los ojos clavados en la carpeta que Diego llevaba bajo el brazo. Era azul, exactamente igual a la que recibían los futuros residentes del complejo Armonía del Sol. Diego se puso nervioso e intentó esconder la carpeta a su espalda, pero ya era demasiado tarde. —No es asunto tuyo, Vecina Ruidosa. —¿Tú... tú también te vas a mudar a Armonía del Sol? —Sofía se puso de pie; la incredulidad le inundó el pecho—. ¡No me digas que vas a arruinar mi tranquilidad allí también! —¿Quién arruina a quién? ¡Llevo mucho tiempo buscando ese lugar porque hay un estudio de arte colectivo cerca! —replicó Diego, con la voz subiendo de tono—. ¿Y por qué tienes que estar tú enfadada? ¡Yo soy el que debería preocuparse si te mudas allí! ¡Mi vida se llenaría de tus aburridas normas! —Número de turno veinticuatro, por favor, diríjase a la mesa cuatro —la voz automática del banco rompió la tensión entre ambos. Sofía miró el número en su mano. Era su turno. Miró a Diego con una mezcla de triunfo y advertencia. —No esperes pasar, Diego. El banco tiene estándares altos. No aceptarán a un profesor de arte desordenado como tú. —Ya veremos, Diseñadora Perfeccionista. El mundo no gira solo para personas que llevan una regla en la cabeza —replicó Diego con brusquedad. Sofía no respondió. Levantó la vista, ajustó su blazer negro —que ya estaba inmaculado— y caminó hacia la mesa cuatro con pasos calculados para sonar imponentes. Detrás de ella, podía sentir la mirada molesta de Diego, que seguía petrificado en medio del vestíbulo. —Buenos días, señorita Sofía. Por favor, tome asiento —saludó el empleado del banco, un tal señor Ramos. Llevaba las gafas posadas en la punta de la nariz y sonreía con profesionalidad. —Buenos días, señor. Traigo toda la documentación completa para la unidad tipo A en Armonía del Sol —dijo Sofía, colocando su carpeta azul con precisión sobre la mesa. —Ah, la unidad tipo A. Una elección muy audaz —murmuró Ramos mientras abría la carpeta—. Patio trasero espacioso, insonorizado y la ubicación más tranquila de todo el complejo. Es la unidad más solicitada. —Necesito esa tranquilidad para mi trabajo como diseñadora, señor. Estoy segura de que mi perfil financiero es lo suficientemente convincente. Ramos hojeó los documentos con el ceño fruncido. —Sus ingresos como diseñadora independiente son impresionantes, señorita. Muy estables para una profesional creativa. Pero... —¿Pero qué? —Sofía se inclinó hacia delante; el corazón comenzó a latirle de forma irregular. —La unidad tipo A en esta primera fase forma parte del programa Vivienda Joven. Hay un subsidio de intereses muy importante del gobierno regional de Sevilla para apoyar el crecimiento de nuevas familias en la zona. Sofía asintió rápidamente. —Sí, sé sobre ese subsidio. Por eso estoy solicitando ahora. —El problema, señorita —Ramos se quitó las gafas y miró a Sofía con expresión de disculpa— es que el requisito indispensable para el subsidio tipo A es que el solicitante debe ser una pareja joven legalmente casada. Esta es una política del promotor y del banco central para asegurar que la vivienda sea utilizada por familias, no para inversión individual. —Espere, ¿quiere decir que no puedo comprarla sola? —la voz de Sofía se elevó involuntariamente. —Usted puede, pero sin el subsidio. Y sin el subsidio, la tasa de interés se disparará al triple. Con su condición de trabajadora independiente, el riesgo crediticio se considerará demasiado alto para el comité central. En resumen, su solicitud probablemente será rechazada a menos que tenga un avalista o... un cónyuge. En la mesa de al lado se escuchó un golpe bastante fuerte. Sofía giró la cabeza y vio a Diego discutiendo con la empleada de la mesa cinco. —¿Qué quiere decir con que no puedo quedarme con el estudio? —Diego casi gritó. Su estuche de guitarra, que estaba en el suelo, parecía a punto de caer. —Tranquilícese, señor Diego —respondió la empleada con paciencia forzada—. Como le he explicado, la unidad con espacio adicional que desea está reservada para parejas. Para solicitantes solteros, solo podemos ofrecer el tipo estudio en el bloque C. —¿Bloque C? ¡Eso está cerca de la carretera! Necesito tranquilidad para grabar música, ¡no el sonido de las bocinas de los autobuses cada cinco minutos! —Diego se revolvió el pelo, que ya estaba de por sí desordenado. —Las normas son así, señor. El programa Armonía del Sol trata sobre la comunidad familiar. Si no está casado, no cumple con los criterios de estabilidad social para una unidad grande. Sofía y Diego se miraron sin querer. El odio que solía arder en el balcón de su apartamento se había convertido ahora en una mirada idéntica de desesperación. Los dos habían chocado contra el mismo muro de la burocracia. —Señor Ramos —Sofía intentó suavizar la voz—, debe de haber alguna excepción. Tengo ahorros más que suficientes para el pago inicial. —Lo siento mucho, señorita Sofía. Nuestro sistema está bloqueado. Sin un certificado de matrimonio, la solicitud para el tipo A no puede tramitarse a través del canal de subsidios. Y sin eso, las cuotas superarán el límite de capacidad financiera requerido. —Entonces, ¿mi sueño está arruinado solo porque no tengo marido? —siseó Sofía, aferrándose al borde de la mesa. —No arruinado, solo... pospuesto. A menos que en un futuro cercano decida... bueno, casarse. Sofía se reclinó en la silla, como si todo el oxígeno de la habitación acabara de ser absorbido. Volvió a mirar a Diego. El hombre intentaba convencer a la empleada de su mesa con la misma sonrisa que usaba habitualmente para evitar las broncas del propietario del apartamento, pero la empleada seguía negando con la cabeza con firmeza. —Maldita sea —murmuró Diego lo suficientemente alto como para que se oyera en la mesa de Sofía. —Parece que estamos en el mismo barco, Vecina —dijo Diego en voz baja mientras se levantaba por fin de su silla con el rostro abatido. Sofía no respondió. Estaba ocupada guardando sus documentos en la carpeta con las manos ligeramente temblorosas. El perfeccionismo del que se enorgullecía resultaba inútil frente a las rígidas normas bancarias. —Gracias, señor Ramos —dijo Sofía secamente; luego se dio la vuelta y se fue sin esperar respuesta. Ambos caminaron hacia la salida del banco al mismo tiempo. El calor de Sevilla los envolvió de inmediato al pisar la acera. El sol se sentía mucho más intenso de lo habitual, o quizá era solo la sensación de Sofía a causa de la rabia que le hervía en el pecho. —Genial —dijo Diego mientras apoyaba el estuche de su guitarra contra la pared del banco. Metió la mano en el bolsillo buscando el paquete de cigarrillos. —No fumes aquí, Diego. No tengo ganas de discutir sobre contaminación —le reprendió Sofía, aunque su voz no era tan cortante como de costumbre. Había un tono de fatiga genuina. Diego detuvo el movimiento y guardó el cigarrillo en el bolsillo. —¿Has escuchado eso? Dijeron que no era «socialmente estable». ¿Qué demonios significa eso? —Que no puedo tener la casa de mis sueños solo porque no tengo pareja. ¿En el siglo veintiuno? Esto es discriminación —respondió Sofía mirando fijamente hacia delante. —Ese tipo A... su balcón da al parque de la ciudad, ¿verdad? —preguntó Diego en voz baja. —Sí. Y es muy tranquilo. Sin humo de cigarrillos, sin música flamenca sonando a las seis de la mañana —bromeó Sofía de forma automática. Diego se rió sin humor. —Y la unidad que yo quería tiene un sótano espacioso. Perfecto para un estudio. Ya me imaginaba dando clases de guitarra allí sin que los vecinos golpearan las paredes. —Bueno, ahora esa imagen sigue siendo solo una imagen, Diego. Los dos seguiremos atrapados en ese apartamento estrecho para siempre. —¿Por qué tienen que hacer normas tan rígidas? ¿Acaso las personas solteras no necesitan espacio? ¿Acaso los artistas no necesitan un lugar decente?






