El viento le alborota el cabello a Abril, y Mateo, con una delicadeza infinita, levanta la mano para apartar un mechón rebelde de su mejilla. Sus dedos rozan la piel cálida de ella, y Abril cierra los ojos por un segundo ante la ternura del gesto.
—Sé que hay algo que te atormenta, Abril —murmura Mateo, rompiendo el silencio, parándose tan cerca que ella puede sentir el calor de su pecho—. Sé que la situación con tu jefe, este encierro, el miedo que tienes... todo esto te está asfixiando. No te