El sol de la mañana se filtra con una crueldad innecesaria a través de los ventanales de cristal templado, golpeando directamente en los ojos de Liam Cavalli.Gruñe, enterrando el rostro en la almohada de seda, pero el martilleo en sus sienes es persistente, rítmico y despiadado. La noche anterior ha sido una mezcla borrosa de contratos que al fin cerró, modelos de piernas infinitas bailando para él y luego, un par de esas mismas piernas se posaron en sus hombros.Se incorpora con lentitud, sintiendo que el cerebro le rebota contra las paredes del cráneo. El departamento, una oda al minimalismo y al lujo frío, carente de eso que llaman «hogar», justo en el corazón de la ciudad, está en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido del purificador de aire.—Maldita sea... —murmura con la voz rasposa.Mira a todos lados, se pone de pie, ignorando la ropa tirada en el suelo. Ahora mismo no le importa su camisa de mil dólares que parece ser un trapo arrugado, solo camina descalzo por el
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