La luz aséptica del consultorio del doctor Valenti parece menos fría ahora que el diagnóstico es oficial. Mía reposa sobre la camilla de exploración, agitando sus piernas con energía mientras el pediatra termina de anotar los datos en su historial digital.
El ambiente, que hace veinte minutos estaba cargado de la electricidad residual del enfrentamiento en la sala de espera, se transforma en algo mucho más íntimo y doméstico.
—Bueno, señor Cavalli, señorita Marconi —dice el doctor Valenti, quit