El sol de la mañana inunda el departamento, pero la calidez no logra disolver la tensión que Abril lleva acumulando en los hombros desde la noche en la cocina.
El reloj marca las nueve y media, y Abril revisa por tercera vez el contenido del bolso maternal sobre la isla de mármol. Pañales, toallitas húmedas, dos mudas de ropa, el biberón térmico y el chupete extra. Todo está en orden.
Mía, ajena a los tormentos de los adultos, balbucea feliz desde su portabebés.
Abril respira hondo, alisando su