Cuarenta y cuatro.

Violet se quedó mirándolo sin decir nada, él acunó sus mejillas en sus manos y volvió a besarla.

—Lo siento, es que no puedo controlarme, Violet, sus labios, son tan provocativos, me incitan al pecado —rozó con suavidad los mismos usando su pulgar—. Dígame que sí, Violet.

Acarició sus mejillas y miró a donde estaba Salomé. Pensó en ella, pues antes de ser mujer prefería ser madre, aunque era el padre y sabía los celosos que ambos eran, ella tenía la necesidad de saber que su hija estaría bien,
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