Los días siguientes a la conversación en el despacho se llenaron de un silencio más espeso que de costumbre.
Era un silencio que no se rompía con el sonido de los cubiertos en la mesa ni con los pasos discretos de los empleados por los pasillos. Un silencio que no gritaba, pero que dolía, como un nudo en la garganta que ninguno de los dos se atrevía a desatar.
Camila y Leonardo apenas cruzaban palabras más allá de lo estrictamente necesario. No había discusiones, pero tampoco complicidad. Ningu