Las mañanas en la finca habían tomado un ritmo dulce y predecible. Camila solía despertar antes que el sol terminara de abrirse paso entre los árboles del jardín. Encontraba, casi todos los días, un pequeño ramo improvisado sobre la bandeja del té, flores sencillas que Leonardo cortaba del sendero lateral. Lavandas, margaritas tercas, una rosa que había sobrevivido a un viento caprichoso, atadas con una cinta de algodón. Al lado, alguna frase breve escrita con su letra firme: «Gracias por queda