A veces la mente jugaba trucos. Los espejismos eran un ejemplo de ello, los fantasmas también y puede que hasta ciertos fenómenos religiosos o milagros. A Sheily le pasó una vez, a los diez años. Salió de su habitación y sintió el aroma de la loción de afeitar de su padre, muerto ya hacía unos cuantos meses.
Se le llenaron los ojos de lágrimas porque fue como tenerlo de regreso. En cualquier momento lo vería salir del baño con su bata y le daría los buenos días y luego un beso en la mejilla.
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