Sheily respiraba a bocanadas. Tenía las piernas agarrotadas por mantener la misma posición durante tanto tiempo y su sudor goteaba, pero había valido la pena. Lo compensaba esa música que oía, la de su corazón latiendo cada vez más lento luego del orgasmo, hasta alcanzar una serenidad que se confundía con la muerte, pero estaba viva. Acababa de renacer, eso sentía.
El amo, igual de extenuado y jadeante, le acarició los labios con suavidad.
—Mañana será el último día de nuestro trato y te daré