La oficina de Sheily, con sus tres metros cuadrados y su humilde escritorio, de pronto se volvió demasiado pequeña para ella y Johannes Williams. El hombre y su mirada que hacía cosquillear hasta las rodillas y tras el que gateaba llamándolo amo, se aparecía en el peor momento, como si el tórrido sueño que había tenido en la sala de descanso se estuviera haciendo realidad.
—Buenas tardes, señorita Bloom. Ya estoy al tanto de lo ocurrido con el laboratorio y los contratistas. Lamento los proble