Capítulo 32. No tienes permitido irte
Connor llegó a casa antes del anochecer; el lugar estaba en completo silencio, pero aquello no lo inmutó. En su cabeza solo estaban las ganas de ver a Becca, envolverla en sus brazos y devorar esos labios que habían rondado sus pensamientos todo el día.
Subió las escaleras de dos en dos. El sonido de su móvil lo hizo detenerse al llegar a la planta superior. Con calma, sacó el teléfono de su bolsillo y respondió con aburrimiento al ver al remitente.
—¿Qué quieres, Rodrigo? —respondió Conno