El Hospital Presbyterian de Nueva York olía a una mezcla estéril de desinfectante y desesperación. Para Becca, cada paso que daba sobre el suelo de granito pulido era un recordatorio de que su nueva vida estaba siendo bautizada con violencia. Al llegar a la recepción, su voz apenas era un hilo, pero sus ojos reflejaban una determinación férrea.
—Busco a Connor Beaumont —dijo, apoyando las manos temblorosas en el mostrador—. Soy su esposa.
La enfermera la observó un segundo, procesando el apel