La furgoneta de Luciano rugía, escapando a toda velocidad de los muelles, el traqueteo de la chatarra y el motor ahogando el eco de los gritos de Russo. La adrenalina aún fluía, un veneno frío que les entumecía los nervios, pero la euforia de la fuga era inexistente. El amanecer teñía el cielo de un color gris metálico, tan desolador como el sabor amargo en la boca de Isabela. Su mirada estaba fija en el retrovisor, donde las luces de los muelles se alejaban, llevándose consigo la imagen de Rus