No sé en qué momento perdí el control de la situación, pero cuando abrí los ojos, ya estaba sentada en su coche, con el motor rugiendo bajo nosotros y la ciudad deslizándose a través del parabrisas.
—¿Por qué tengo la sensación de que me acaban de secuestrar? —dije, cruzándome de brazos.
Vincent sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Porque técnicamente lo hice.
—Genial. Al menos admítelo con orgullo.
—No es secuestro si disfrutas el viaje, Havana.
Me giré en el asiento para mirarlo con