La mansión Delacroix parecía más silenciosa que de costumbre aquella mañana. Clara recorría los pasillos con pasos ligeros, llevando un ramo de flores frescas que había cortado del jardín para colocarlas en la habitación de Sophia. La niña había estado especialmente melancólica los últimos días, y Clara esperaba que el aroma de las rosas blancas y los lirios pudiera alegrar su espíritu.
Al doblar por el corredor este, donde los retratos de los antepasados Delacroix vigilaban con ojos inmóviles,