—Oh, Dios mío —observa de repente la anciana—, ya está oscureciendo.
Soraya mira el cielo a través de la cúpula de cristal del solárium. Los rayos dorados del sol se han vuelto rojizos. El cielo se vuelve más rosado que azul, y se da cuenta de que no ha tocado gran parte de la comida que hay en su plato.
Se había sumergido en su historia.
—Será mejor que vuelva a mi habitación. —Se levanta—. Muchas gracias por el almuerzo. Lamento haberte apartado de alguna tarea.
Ella le resta importancia: —Te