VICTORIA.
Salimos de la propiedad envueltos en abrigos pesados, dejando atrás el refugio de la casa para internarnos en el sendero que serpentea hacia el bosque. El silencio aquí es distinto, profundo, roto solo por el crujido rítmico de nuestras botas hundiéndose en la nieve virgen.
Caminamos uno al lado del otro. A lo lejos, el lago congelado brilla. No hay rastro de la aurora verde de anoche, solo la inmensidad blanca que parece devorarlo todo. Maximiliano camina con una zancada segura, las