VICTORIA
—¡Salgan! ¡Si no salen, ella muere ahora mismo! —la voz llegó desde el pasillo.
El corazón se me detuvo. Ese timbre, esa cadencia cargada de una rabia que intenté enterrar en el pasado, me golpeó con la fuerza de un rayo. Era inconfundible. Adel. Mi exesposo. El hombre que, se suponía, estaba lejos, pero que ahí estaba, invadiendo mi presente.
Tania se puso frente a mí, su instinto protector volcándose por completo. Susurró con un terror que apenas logré distinguir:
—No podemos salir,