VICTORIA.
El auto se detiene frente a un callejón discreto en el centro de la ciudad. Dimitri nos abre la puerta y Maximiliano me guía hacia el interior de un edificio antiguo. Subimos por un elevador privado que nos deja directo en un restaurante espectacular, completamente vacío. Las mesas están desiertas, la iluminación es baja y tenue, y grandes ventanales muestran los techos iluminados de Moscú.
—Reservé todo el lugar para nosotros —me aclara Maximiliano, ayudándome a quitarme su abrigo—.