CONTRA RELOJ.
VICTORIA.
La noche se estiró, eterna y asfixiante. Ninguno durmió. Y como, con tremenda desesperación.. La mañana entró por los ventanales. El teléfono en el centro de la mesa seguía sin sonar y los oficiales, al igual que nosotros atentos a cualquier sonido, pero nada.
Valentina estaba sentada frente a la pantalla en blanco, con los ojos hundidos y la piel amarillenta. No había probado bocado en más de catorce horas.
—Tienes que comer algo, Val —le dije, poniendo un plato de fruta frente a ell