VICTORIA
Maximiliano se inclinó hacia el aparato, su rostro una máscara de determinación absoluta.
—Aquí estoy, Adel —dijo, firme—. Suelta al niño.
—El precio cambió, Markov —espetó Adel con una carcajada seca—. Quiero el doble de lo que me ofreciste. Veinte millones de rublos o ya sabes qué le pasará al chiquillo.
Sin dudarlo, Maximiliano respondió, mirando al detective que le hacía señas de ceder para ganar tiempo.
—Está bien. Te daré treinta millones. Solo no le hagas daño al niño.
Hubo un s