CASINO.
VICTORIA.
Me observo en el espejo de mi habitación por última vez. La imagen es casi irreal; el rojo de las lentejuelas centellea bajo la luz, transformándome en alguien que no reconozco. Tomo mi teléfono y marco a Valentina por videollamada. Necesito un cable a tierra antes de sumergirme en la boca del lobo.
—¡¿Qué carajos, Victoria?! —el grito de mi hermana casi me hace soltar el móvil—. Estás… maldita sea, estás hermosa. Pareces una jodida estrella de cine o la dueña de todo Moscú.
Sonrío co