VICTORIA.
El olor a café recién colado inunda la cocina, pero mi mirada está fija en la sala. Desde la barra, Valentina y yo observamos el sofá. Maximiliano está ahí tirado, ocupando casi todo el espacio con su metro noventa y tantos, dormido de espaldas, con la toalla todavía sujeta a la cintura y la manta de cuadros tapándole apenas las piernas.
Le doy un sorbo a mi taza, sintiendo el cansancio de la noche en los párpados.
—Llegó anoche borracho —le digo a mi hermana en un susurro, rompiendo