VICTORIA
—¿Tu prometida? ¡Por favor! —Tania suelta una carcajada amarga y da un paso hacia mí, acortando la distancia—. Es una mosquita muerta, una cazafortunas que supo mover bien las cartas. No te hagas la digna, Victoria. Sé perfectamente quién eres. Qué conveniente, ¿no? Enredarte con el jefe para salir de la miseria. No eres más que una oportunista de poca cosa.
El insulto me golpea directo en el pecho, pero las palabras de Maximiliano en el auto me resuenan en la cabeza: sé como eres, no