El reloj de la pared del despacho marcaba las 23:47 cuando entré.
La planta de presidencia estaba vacía, las luces del pasillo apagadas y el silencio solo era interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
Pero la puerta del despacho de Roberto estaba abierta y la luz seguía encendida.
Estaba sentado detrás del escritorio, rodeado de carpetas, documentos y pantallas de ordenador.
La camisa blanca tenía los primeros botones desabrochados, las mangas remangadas hasta los codos y el pelo, sie