Habían pasado apenas dos meses desde la pedida de mano, pero parecía que se había ido una eternidade. La mansión era un caos organizado, o por lo menos intentaba serlo. El salón se había convertido en un campo de batalla de muestras, telas, catálogos y una montaña de invitaciones que Laura se empeñaba en repartir por el suelo para ver cómo quedaban.
— ¡Mali, mira! ¡Esta invitación tiene purpurina! — gritó Laura, sujetando uno de los modelos con las manitas manchadas de chocolate.
— Todas tienen