(Perspectiva de Mariana)
La noche del lunes en el piso de mi padre tenía un ritmo que todavía estaba intentando procesar. No estaba el ejército de guardaespaldas de la mansión, ni el sonido lejano de la fuente del jardín. Solo se oía el runrún bajito de la nevera, el tictac de un reloj de pared que se había empeñado en comprar y el ruido de las páginas al pasar.
Estábamos sentados en el sofá gris, compartiendo una manta. Yo tenía el portátil en el regazo, revisando unos códigos de criptografía