No sé explicar cómo, pero en una fracción de segundo estaba en sus brazos y ella en los míos, e nos reíamos y llorábamos al mismo tiempo, como dos tontas del bote en medio de una acera llenísima de gente.
—Estás aquí —susurraba yo, agarrada a ella como si fuera a desaparecer—. De verdad que estás aquí.
—Que sí, que sí —repetía ella, con la voz apagada contra mi hombro—. Madre mía, Mariana, mírate. Estás súper cambiada. Tan... mujer.
—Y tú —me aparté lo justo para mirarle la cara—. Tienes el pel