El silencio dentro de la sala era absoluto.
A diferencia del caos del pasillo, aquí solo existía la respiración jadeante de los dos y el sonido de nuestros corazones acelerados.
Y antes de que pudiese decir nada, se inclinó y me besó profundamente.
No fue un beso de alivio, ni de celebración, sino un beso de hambre.
De quien ha pasado las últimas horas al límite y por fin ha encontrado un puerto.
Mis manos le subieron al pelo y mis dedos se enredaron en él, atrayéndolo más hacia mí.
Le respondí