Cap.175

El silencio dentro de la sala era absoluto.

A diferencia del caos del pasillo, aquí solo existía la respiración jadeante de los dos y el sonido de nuestros corazones acelerados.

Y antes de que pudiese decir nada, se inclinó y me besó profundamente.

No fue un beso de alivio, ni de celebración, sino un beso de hambre.

De quien ha pasado las últimas horas al límite y por fin ha encontrado un puerto.

Mis manos le subieron al pelo y mis dedos se enredaron en él, atrayéndolo más hacia mí.

Le respondí
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