La madrugada se me hacía eterna.
Miré al techo por milésima vez, contando las sombras que la luz de la luna dibujaba en el yeso.
El reloj de la mesilla de noche marcava las 3:47; me había acostado hacía cuatro horas y no recordaba haber pegado ojo de verdad ni un solo momento.
La imagen no se me iba de la cabeza.
Mariana en el sillón del cuarto de Laura, con mi hija acurrucada en su regazo…
Su mano subiendo y bajando despacio por la espalda de la pequeña. Sus lips moviéndose con esa nana que yo